Vagamundo Martes, 3 junio 2014

Ecuador, el país de latitud 0° 0’ 0’’ – Parte 2

Con un pie en el norte y otro en el sur

Mitad del Mundo es un pequeño pueblo a 23 kilómetros al norte del centro histórico de Quito. Ahí mismo donde el francés de la Condamine designó la línea ecuatorial, con una diferencia apenas de 150 metros si lo mides con un GPS. Ahí mismo también cumpliré mi tonto deseo de caminar sobre la línea ecuatorial que divide al mundo en dos. Pisaré ambos hemisferios a la vez: el norte con mi pie izquierdo, el sur con el derecho, mirando hacia el este para quien le quepa dudas. Me haré fotos. Me comportaré como un típico turista.

¡Ojo!, achtung!, ¡atención!: Lee la primera parte de esta crónica de viaje aquí.

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Saltando sobre la Mitad del Mundo. Foto: Vir Argentina/Creative Commons

Cuatro kilómetros más al norte está la Reserva Geobotánica Pululahua, situada en torno al mayor cráter volcánico de Latinoamérica. Un camino asfaltado me conduce junto a un grupo de turistas al borde del volcán, desde donde contemplamos las alquerías que yacen en el fondo del cráter mientras cae el atardecer. El cielo azul está despejado. El clima es ideal. Los japoneses, siempre presentes, no dudan en filmarlo todo.

Curiosamente, en un país donde el término “indio” aún suele usarse como un insulto, los nacidos en Otavalo lo asumen con verdadero orgullo. Este pueblo situado a unas dos horas al norte de Quito congrega el mercado artesanal más importante de Latinoamérica. Más del 80 por ciento de los casi 60 mil otavaleños se dedican a la industria textil, ya sea en el hilado, el tejido, el punto, los acabados, la venta al por mayor o menor, o las exportaciones a Europa, Asia y Norteamérica.

Son exitosos y ellos lo saben. Es el caso de Edwin Males y Cecilia Lem: una pareja de comerciantes otavaleños con cuatro hijos y un próspero futuro. Edwin tiene el cabello largo y viste impecablemente, con sombrero negro, camisa blanca y poncho. Cecilia luce sus vistosas hualcas o collares dorados, junto a una blusa floreada y su anaco, una falda a la rodilla. Son conscientes de la riqueza que amasan, pero su buena fortuna no han hecho que le den la espalda a su herencia indígena. Siguen hablando quichua, una variante del quechua, con su familia aunque ellos dominen el español. Una visita aI Instituto Otavaleño de Antropología y al Museo del Obraje, donde imparten clases de tejido, refuerza toda esta experiencia alucinante de los indios otavaleños y sus indiscutibles logros. Inmediatamente se me viene a la mente Chinchero en el Cusco. ¿Alguna vez nos sentiremos orgullosos de nuestro legado indígena en el Perú?

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Mujer Otavaleña. Foto: Kevin Labianco/Creative Commons

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Tejidos en el mercado de Otavalo. Foto: H. Hesterr/Creative Commons

De regreso a Quito diviso el volcán Imbabura (4,609 metros de altura) desde la ventana izquierda del autobús, que ha inspirado más de una leyendaasí como el Lago San Pablo al pie del macizo volcánico. “Es curioso –me comenta Stephanie, una estudiante canadiense de sociología que conozco en el autobús – pero yo creí que los otavaleños eran los típicos indios ecuatorianos y en verdad son tan atípicos”.

 

La columna vertebral de Ecuador

Onceavo día de travesía. Me dispongo a iniciar mi último gran tramo del viaje hacia el sur del país. Viajaré entre valles fértiles y poblados donde conviven orquídeas y palmeras, vegetación de tundra y glaciares que se derriten lentamente en las alturas, todo ello encerrado por una cadena impresionante de nevados y volcanes, como si fuese la espina dorsal de Ecuador. Se trata de un recorrido de algo más de 220 kilómetros, desde Quito hasta Alausí, que el explorador alemán Alexander von Humboldt bautizó en 1802 como la “Avenida de los Volcanes”.

Esta vez, dada mi economía tan precaria me trepo a un viejo autobús de dudosa procedencia y con unas llantas tan viejas y gastadas, que no conservan ni la huella. Una campesina de unos sesenta años se persigna antes de subir. Varios pasajeros, todos extranjeros, la observamos. De ahí nos miramos las caras. Ante semejante acto de honestidad no sabemos si hacer un chiste al respecto o preocuparnos. Partimos finalmente siete suecos con cara-de-no-saber-a-dónde-se-han-subido, unas tres parejas de jóvenes mochileros latinoamericanos, varios campesinos con valiosas cargas como gallinas, atados de papas, tres perros y un par de cuyes bien gordos, y yo.

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El volcán Cotopaxi, con 5896 metros de altura, es el segundo más alto del Ecuador. Foto: Dennis Herzog

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Quilotoa, a 3914 metros de altura, es un cráter de un volcán apagado hace unos 800 años donde se ha formado un lago. Foto: Kevin Labianco

Mi destino ansiado es Cuenca, aquella ciudad maravillosa de la que tanto me han hablado y con la que quiero culminar mi travesía por este país. Pero antes pasaré por varios poblados que están regados a lo largo del camino. Machachi, al pie de los páramos, famoso por sus quesos y sus aguas minerales Güitig y Tesalia. Latacunga, desde donde se puede divisar hasta nueve volcanes en una mañana de cielo despejado incluyendo el Cotopaxi (5,897 metros de altura), el segundo pico más alto del país, el Sincholahua (4,893 metros de altura), el Rumiñahui (4,712 metros de altura) y el Pasochoa (4,225 metros de altura). Y Ambato, que carece de ese encanto colonial debido al terremoto de 1949 que la destruyó casi en su totalidad.   

Converso con los suecos. Gunnar, uno de los más extrovertidos me dice que se dirigen a Baños, lugar que francamente no pensaba visitar. Varios de ellos me sugieren que me una al grupo. Reviso mi billetera. Hago cuentas mentalmente. Lo pienso por varios minutos y digo ya pues, ¿porqué no? Me encuentro con un pueblito cálido y muy turístico, donde reina un clima subtropical a orillas del naciente río Pastaza y sobre las faldas del volcán Tungurahua. Me sugiere el paraíso, después de haber viajado a través del frío que reina en las tierras altas. Salimos a caminar con la tropa de suecos y voy percatándome que este lugar tiene  más hospedajes, restaurantes y agencias de viaje por manzana que cualquier otro lugar en Ecuador (un dato que después lo confirmo en alguna guía de viaje).

Baños es famoso por sus aguas termales, que emanan de las laderas del volcán Tungurahua (5,020 metros), y sus docenas de cascadas de agua cristalina. Sin embargo, lo que capta mi atención es la historia de la Casa del Árbol, una casita de madera construida sobre un árbol, al final de un sendero sobre lo alto de un cerro, a una hora de camino de Baños. La casita sirve como una estación de monitoreo sísmico, perteneciente al Instituto Geográfico Militar ecuatoriano. Pero lo que realmente es la atracción del lugar no es la casita, o el majestuoso paisaje que se aprecia del Tungurahua, sino un columpio que cuelga desde una rama de aquel árbol. Hasta ahora no se han reportado accidentes ni muertes. Así que tanto niños como adultos se sientan y se balancean a su cuenta y riesgo, sobre un precipicio alucinante. Es probablemente el columpio más famoso del mundo, situado sobre la nada misma, como si estuvieras al borde del mundo.

 

Tan cerca al cielo, tan lejos del mar

Ni bien pongo pie en Cuenca un taxista me advierte, “esta es la ciudad más cara del país”. Pero era imposible dejar de conocer la ciudad más bella de Ecuador. Nombrada oficialmente Santa Ana de los Cuatro Ríos de Cuenca y su centro histórico declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco en 1999, esta ciudad posee una armonía urbana que compruebo en sus calles adoquinadas, patios interiores y plazas públicas rebosantes de gente, mercaderes y flores. También se alzan sus edificios coloniales encalados con enormes puertas de madera y balcones forjados en hierro, sus iglesias antiquísimas como la Iglesia Mayor – la Catedral Vieja – situada en el parque Abdón Calderón, o esa monumental construcción a la fe conocida como la Catedral Nueva: la iglesia más grande del continente que terminaron de construirla cien años después de haberse colocado la primera piedra. Hoy sus cúpulas, que se alzan hacia el cielo azul tan típico de la sierra andina, son símbolo indiscutible de esta ciudad.

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Las cúpulas azules de la nueva Catedral de la ciudad de Cuenca, que demoró casi una siglo en ser construida. Foto: Theodore Scott

Decido retornar a Guayaquil a riesgo de declararme en la mendicidad total en medio de la sierra ecuatoriana. Quisiera, no obstante, realizar un rápido recorrido por el centro de la ciudad antes de abordar mi avión rumbo a Lima.

Voy por un suculento plato de carne con menestra, “a un dolarito, mande usted”, que vende en algunas esquinas del centro. De ahí me enrumbo hacia el parque Bolívar, conocido también como el parque Seminario, donde me siento a observar a las iguanas que se pasean libres y a sus anchas en las áreas verdes, a vista y paciencia de todo el mundo. Finalmente, me acerco al Malecón 2000 – diseñado, según me dicen, por un arquitecto peruano – donde contemplo por última vez el río Guayas de color chocolate espeso, en el que pululan silenciosos los buques en dirección al mar. Es otro domingo cualquiera.

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